serenidad

Entra el atardecer como el agua se adentra en el estuario. Remos de viento que soplan hacia la costa me llevan el olor a calma. Nada se mueve excepto mi sueño que, flotando, se desplaza sin cesar hacia un destino nada preciso. El silencio turba mi pensamiento y lo hace callar, la grita por ruido que genera dentro de mi cuerpo. No digas nada más, le dice el silencio a la razón. Escucha. Deja hablar. Espera la respuesta.

La calma respira cerca de mí y las olas, ausentes, se esconden bajo la superficie brillante. El sol se acerca a la cortina y se fuga con precaución.

La noche empieza el espectáculo y la luna espera el primer acto. Respiro a fondo, suavemente, para no turbar el silencio que, ahora sí, gobierna mi intimidad.


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